Septiembre: nuevos propósitos sin caer en la trampa de querer cambiarlo todo

La importancia de plantearnos objetivos sostenibles y aprender a cambiar sin caer en el perfeccionismo y el pensamiento de todo o nada.

8/31/20266 min read

Hay algo curioso en septiembre. No es exactamente el comienzo del año, pero para muchas personas se siente como si lo fuera. Después de las vacaciones, de los horarios más flexibles y de esos días en los que la rutina parece quedar en pausa, llega septiembre con su particular sensación de “vuelta a empezar”. Volvemos al trabajo, al colegio, a los horarios, a las responsabilidades… y, casi sin darnos cuenta, empezamos también a hacer planes.

Este curso voy a organizarme mejor. Voy a hacer más ejercicio. Voy a comer mejor. Voy a estudiar inglés.
Voy a dormir más. Voy a pasar más tiempo con mi familia. Voy a dejar de mirar tanto el móvil.

Septiembre parece invitarnos a hacer una lista de todo aquello que queremos cambiar. Y tener objetivos, por supuesto, es algo positivo, sin embargo, el problema aparece cuando convertimos esa lista de propósitos en una nueva fuente de exigencia.

Porque quizá septiembre no necesita ser un nuevo comienzo. Quizá puede ser, simplemente, una oportunidad para preguntarnos cómo queremos vivir los próximos meses.

¿Por qué septiembre nos hace querer cambiar?

Los comienzos tienen algo especial. Cuando sentimos que una etapa termina y otra empieza, resulta más fácil tomar cierta distancia de nuestra rutina y pensar en qué queremos hacer de manera diferente.

Enero es el ejemplo más evidente, pero septiembre tiene algo parecido. Para muchas personas, el nuevo curso representa una especie de “año nuevo” en el que volver a organizarse, recuperar hábitos o ponerse en marcha con proyectos que habían quedado aparcados durante el verano.

Además, las vacaciones pueden favorecer cierta reflexión. Al alejarnos temporalmente de nuestras obligaciones habituales, podemos darnos cuenta de cosas que durante el resto del año pasan desapercibidas: estamos demasiado cansados, necesitamos más tiempo para nosotros, echamos de menos determinadas actividades o llevamos meses posponiendo algo importante. El problema, por supuesto, no está n la reflexión como tal, si no en pensar que, para sentirnos mejor, tenemos que cambiarlo todo de golpe.

Cuando los propósitos se convierten en exigencias

Es fácil empezar septiembre con mucha ilusión y una lista enorme de cambios. Durante los primeros días podemos sentirnos capaces de hacerlo todo. Nos imaginamos levantándonos temprano, haciendo ejercicio, comiendo saludable, siendo productivos, organizándonos perfectamente y, además, teniendo tiempo para disfrutar. Pero nuestra vida cotidiana no suele parecerse demasiado a esa versión idealizada.

Llegan los madrugones, el trabajo, los imprevistos, el cansancio y las obligaciones. Y entonces descubrimos que mantener diez cambios simultáneamente requiere mucho más esfuerzo del que habíamos imaginado. Y aquí aparece uno de los patrones que más puede interferir en nuestros propósitos: el pensamiento de “todo o nada”.

Si nos hemos propuesto ir cinco días al gimnasio y una semana solo conseguimos ir dos, podemos pensar que no lo estamos haciendo bien. Si queríamos leer todos los días y pasamos una semana sin abrir un libro, sentimos que hemos abandonado. Si pretendíamos comer perfectamente y tenemos varios días de desorden, podemos interpretar que “ya hemos perdido el ritmo”. Y, poco a poco, un propósito que inicialmente nos ilusionaba empieza a convertirse en otra obligación.

Por eso, antes de preguntarnos qué queremos conseguir este curso, merece la pena preguntarnos algo diferente: ¿Qué cambios puedo incorporar a mi vida sin que mi vida tenga que convertirse en un proyecto permanente de mejora?

No necesitas más motivación, necesitas un objetivo que encaje contigo

Cuando pensamos en empezar un hábito, solemos darle mucha importancia a la motivación. Esperamos tener ganas de hacer ejercicio, de estudiar, de cocinar o de levantarnos temprano. El problema es que la motivación no permanece estable. Habrá días en los que estaremos ilusionados y otros en los que simplemente estaremos cansados. Pretender mantener una conducta únicamente porque nos apetece hacerlo suele ser poco realista.

Por eso, los hábitos funcionan mejor cuando no dependen exclusivamente de la motivación, sino que tienen un lugar concreto dentro de nuestra rutina. Si quieres leer más, quizá no necesites proponerte leer un libro a la semana. Puedes empezar leyendo unos minutos antes de dormir. Si quieres hacer ejercicio, quizá sea más fácil decidir de antemano qué días vas a entrenar que esperar a sentir que tienes ganas. Si quieres dedicar más tiempo a tus amistades, quizá resulte más útil reservar un momento concreto al mes que repetirnos constantemente que “tenemos que vernos más”.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia bastante las cosas: pasamos de desear un cambio a crear las condiciones para que ese cambio pueda ocurrir.

Mejor objetivos pequeños que promesas enormes

Uno de los errores más frecuentes al plantearnos nuevos propósitos es confundir un objetivo ambicioso con un objetivo eficaz. Queremos resultados rápidos y, por eso, establecemos metas que requieren un esfuerzo enorme desde el primer día. Sin embargo, cuando hablamos de hábitos, muchas veces es más útil empezar por algo que incluso nos parezca demasiado fácil. No porque ese pequeño paso vaya a cambiar nuestra vida de inmediato, sino porque permite construir algo mucho más importante: continuidad.

Si quieres empezar a hacer ejercicio, dos días a la semana pueden ser un buen comienzo. Si quieres estudiar un idioma, quince minutos pueden ser suficientes para empezar a generar una rutina. Si quieres recuperar el hábito de leer, unas pocas páginas pueden ser un objetivo mucho más sostenible que terminar un libro cada semana. Después habrá tiempo para aumentar la dificultad.

Al principio, el objetivo no tiene que ser hacerlo perfecto. Tiene que ser conseguir que esa conducta encuentre un lugar en nuestra vida.

Y cuando no cumplas, ¿qué?

No vas a cumplir siempre. Esta parte suele quedar fuera de los propósitos de septiembre, pero quizá sea una de las más importantes.

Vamos a tener días malos. Habrá semanas en las que no hagamos aquello que nos habíamos propuesto. Surgirán imprevistos, estaremos cansados o simplemente habrá momentos en los que otras cosas tengan prioridad.

El problema no es fallar ocasionalmente. El problema aparece cuando interpretamos ese fallo como una prueba de que no somos capaces de cambiar. En lugar de pensar “otra vez lo he dejado”, podemos intentar adoptar una mirada más útil: “¿qué ha pasado esta semana?”. Tal vez el objetivo era demasiado exigente. Quizá no habíamos tenido en cuenta nuestros horarios reales. Puede que necesitáramos descansar más. O simplemente hemos tenido una semana complicada.

Revisar lo que ha ocurrido nos permite ajustar el objetivo en lugar de abandonarlo. La constancia no significa hacerlo siempre bien. Significa volver a intentarlo después de habernos desviado.

Septiembre también puede ser un momento para no hacer nada nuevo

Existe cierta presión por aprovechar septiembre. Parece que tenemos que volver de vacaciones renovados, llenos de energía y con una lista de objetivos preparados. Como si empezar el curso implicara necesariamente mejorar alguna parte de nuestra vida. Pero no siempre necesitamos añadir cosas.

A veces, el objetivo puede ser mantener algo que ya funciona. Dormir mejor. Seguir dedicando tiempo a las personas que queremos. Proteger nuestros momentos de descanso. Aprender a decir que no. Dejar de llenar cada hueco de nuestra agenda. Incluso puede ser un buen momento para preguntarnos qué queremos dejar de hacer. Porque cuidar nuestro bienestar no consiste únicamente en incorporar hábitos saludables. También implica revisar aquellas dinámicas que nos están agotando.

Septiembre como oportunidad, no como examen

Quizá esta sea una forma diferente de mirar los propósitos de septiembre. No como una lista que tenemos que cumplir para demostrar que estamos avanzando, sino como una oportunidad para detenernos un momento y preguntarnos cómo queremos que sea nuestra vida durante los próximos meses.

No necesitas empezar el curso siendo una versión completamente nueva de ti mismo. Puedes elegir un único objetivo. Hacerlo pequeño. Darle tiempo. Modificarlo cuando sea necesario. Y aceptar que habrá semanas mejores y peores.

Porque los cambios, no suele producirse de manera espectacular ni de un día para otro. Se construyen a través de pequeñas decisiones que, repetidas en el tiempo, terminan formando parte de nuestra manera de vivir.

Así que, si este septiembre tienes una lista interminable de propósitos, quizá puedas tachar algunos antes incluso de empezar. Y quedarte solamente con una pregunta:

¿Qué pequeño cambio podría hacer que los próximos meses fueran un poco más parecidos a la vida que quiero construir?

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